lunes, 3 de mayo de 2010

En Venecia

Era martes de Carnaval en Venecia. El marqués, mi padre, había invitado a nuestro palazzo a las familias más influyentes de esta Serenísima ciudad. Hombres y mujeres de las casas más nobles llegaban en bellas góndolas, adornadas con seda y oro, navegando majestuosamente por el Gran Canal hasta nuestro embarcadero privado, donde la gente se agolpaba para ver el suntuoso espectáculo. Las mujeres más hermosas de Venecia lucían sus fastuosos vestidos, despertando admiración y deseo. Los disfraces de los hombres eran espléndidos... Venecia era el centro del universo.


Para mi desgracia, mi padre me había prohibido que participara en el carnaval, pues todavía era demasiado joven y no había sido presentada en sociedad, pero al final mis lágrimas le conmovieron y me permitió que apareciera, sólo un momento, junto a él.

Cuando llegó el momento, obedientemente me retiré a mis habitaciones. Sin embargo, tenía un plan que llevé enseguida a cabo: en un descuido de mi criada, cambié mi disfraz por otro que había conseguido en secreto y, amparada en el anonimato de mi máscara, regresé al gran salón donde pude disfrutar, sin censura, del gran carnaval, donde todos dejaban salir libremente sus emociones y anhelos… También a mí la música y el ambiente me embriagaron y entonces...

Salí a la calle (era la primera vez en mi vida que salía sola) y me mezclé entre la ruidosa multitud. Anochecía. Entre las sombras me sentí audaz, me olvidé de quién era y bebí sin escrúpulos de las copas que me ofrecían. Algunos tiraban de mí para bailar conmigo; otros, los más atrevidos, pretendían un beso que yo les negaba… cuando quise regresar al palacio me asusté al comprobar qué difícil era.

Busqué un refugio cerca del embarcadero. Pensaba que estaba sola y me quité el antifaz y los zapatos. Respiré la bruma de la noche veneciana, llena de misterio y olores extraños. Entre las sombras apareció Francesco, el gondolero más joven de los que servían a mi padre. Un muchacho de belleza hechizante y ojos de color aguamarina. Sin duda me reconoció y sin mediar palabra se acercó a mí, mirándome insolentemente a los ojos. Yo toqué su rostro suave y sin barba sin apartar mi mirada de la suya. Era tan guapo que hacía daño mirarlo. Le pregunté si había nacido en Venecia y me contestó que sí, que era un auténtico veneciano.

- Entonces, -le dije- quisiera que me confirmaras si son verdaderas ciertas historias que he oído sobre los venecianos.
- Decídmelas y os responderé lo mejor que pueda –me contestó

- Dicen que los venecianos no teneis corazón.

Se quitó la camisa y dejó que tocara su pecho. Estaba caliente y en él latía un corazón fuerte y grande. Y así supe que no era cierto.

-Dicen que los venecianos teneis escamas en las piernas

-Venid a comprobarlo –me dijo, y cogiéndome de la mano, me llevó a la góndola de mi padre, una de las más grandes del embarcadero, cubierta con una inmensa lona de raso que nos protegía del frío y de miradas indiscretas. Se quitó el pantalón y llevo mis manos a sus caderas. Toqué sus muslos, fuertes y musculosos y supe que no era cierto.

- Dicen que los venecianos debéis dormir, al menos, una hora por la noche o si no, es posible que no amanezcais vivos...

No me dejó hablar más. Cubrió mi boca con la suya y mientras sus besos me hacían caer en un dulce ensueño, desabotonó mi corpiño. Lentamente. Y yo le dejé que hiciera. Y cuando la mañana nos encontró todavía despiertos, supe que tampoco era cierto.

4 comentarios:

Angel Javier dijo...

Qué sugestivo y bien cerrado relato!
Enholabuena Toñi, pequeña japonesa :)
Un beso

Pepi dijo...

Me gusta Toñi, tiene un toque de erotismo muy elegante. Y la descripción del gondolero es estupenda.Besos. Pepi.

jorge dijo...

buen relato, preciosas imagenes.

La chica parecia tonta cuando la cxompraron. pero solo se sabia los dichos de los venecianos que le convenian.

No saben nada...la veneciana y la escritora.

Toñi タンポポ dijo...

Eso de japonesa me ha gustado mucho, Ángel ;-) Otro beso para tí y gracias!!

Pepi: vaya que si es estupenda. Como que es un tío buenísimo, a ver qué vamos a decir. Que hay que ir a Venecia!! Un beso ;-)

Gracias, Jorge. Es que he estudiado en la universidad de Jarbar-cete ... jejejeje, qué chiste más malo. Un besete, amigo.

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