jueves, 26 de mayo de 2011

¿Saben todos en el mundo. . . que están vivos?

Douglas sintió en la boca el golpe de unos nudillos y luego el sabor herrumbroso de la sangre tibia. Agarró a Tom, lo inmovilizó, y se quedaron así tendidos en la tierra, los corazones agitados, las narices siseantes. Y al fin, lentamente, temiendo no encontrar nada, Douglas abrió un ojo. Y todo, absolutamente todo, estaba allí. El mundo, como el iris gigante de un mundo aún más gigantesco, que también acababa de abrirse, agrandándose para abarcarlo todo, le devolvía la mirada. Douglas supo que había saltado sobre él y ya no se iría. Estoy vivo, pensó. La temblaron los dedos, brillantes de sangre, como los jirones de una extraña bandera, recién encontrada y nunca vista, y se preguntó a qué país debería agradecer el homenaje. Reteniendo a Tom, pero sin saber que estaba allí, se tocó esa sangre como si pudiera pelarla, sostenerla, darla vuelta. Luego soltó a Tom y se acostó de espaldas con la mano en alto, y en su cabeza los ojos miraron como centinelas por las troneras de un raro castillo a lo largo de un puente, su brazo, los dedos donde el brillante penacho de sangre temblaba a la luz.



— ¿Estás bien, Douglas? -preguntó Tom. La voz venia de un pozo de moho verde, de algún lugar sumergido, secreto, alejado. La hierba murmuraba bajo el cuerpo de Douglas; Bajó el brazo, con su vaina de pelusa, y sintió, muy lejos, allá, los dedos que crujían en los zapatos. El viento suspiró en los caracoles de las orejas. El mundo se deslizó brillantemente por la superficie vidriosa de los ojos, como imágenes centelleantes en una esfera de cristal. Las flores eran de sol y encendidos puntos celestes, esparcidas por el bosque. Los pájaros aleteaban como piedras que golpeasen la superficie del vasto e invertido estanque del cielo. El aire pasaba con violencia entre los dientes, entrando como hielo, saliendo como llamas. Los insectos conmovían al aire con una claridad eléctrica. Diez mil cabellos crecieron un millonésimo de centímetro en la cabeza de Douglas. Oyó los corazones gemelos que le golpeaban los oídos, el tercer corazón que le golpeaba la garganta, los dos corazones que latían en las muñecas, el corazón real en el pecho. La piel se le abrió en un millón de poros.


— ¡Estoy realmente vivo!, pensó. ¡Nunca lo supe, y si lo supe no recuerdo! Aulló en silencio una docena de veces. Piénsalo, ¡piénsalo! ¡Doce años y ahora lo descubro! Este raro reloj, este brillante mecanismo dorado que debe marchar durante años, dejado bajo un árbol, encontrado en una pelea.


— Doug, ¿qué te pasa? Douglas aulló, agarró a Tom, y rodó con él.


— ¡Doug, estás loco!


— ¡Loco! Rodaron loma abajo, el sol en las bocas, en los ojos como vidrio hecho trizas, boqueando como truchas en la playa, riéndose hasta gritar.


— Doug, ¿estás loco?


— ¡No, no, no, no, no! Douglas, con los ojos cerrados, vio unas manchas de leopardo en la oscuridad.


— ¡Tom! -Luego, en voz baja:- Tom. . . ¿saben todos en el mundo. . . que están vivos?


Este largo párrafo pertenece al libro "El vino del estío"
Del genio, del maestro, del imprescindible: Ray Bradbury

(Dedico esta entrada a unos niños maravillosos que alguna vez vienen a mi casa. Para vosotros, amigos. Leed el libro este verano)

Las imágenes corresponden a pinturas de Steve Hanks que me he bajado del Blog de Megan)

2 comentarios:

siempre mamá dijo...

Ay Ray, Ray :)

Diente de león タンポポ dijo...

Jejejejeje, así es ... Ray y el vino de diente de león.

Un beso. Gracias, Ana

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