
Sin embargo, el lunes la luna llena me ofrecía luz suficiente para aventurarme a pasar por él. Un camino sinuoso a través de los árboles que difícilmente dejaba ver la nieve recién caída en la víspera. Caía agua nieve que me daba en el rostro, cubierto mi bufanda de lana.
Mientras pasaba por el lugar reparé en el silencio; no se oía nada ni el canto de los pájaros, tan habitual en la madrugada. Sólo mis pisadas en la nieve. Qué raro, pensé, debe ser la helada. Los animales se han escondido buscando refugio. Entonces vi en el suelo unas huellas poco usuales. Eran, sin duda, de un animal de cuatro patas, pero llamaba la atención su gran tamaño. Qué animal será, me pregunté, arrepentida de haber tomado ese camino. Un perro grande quizás. Desde luego, un animal con garras. A juzgar por lo profunda que era la marca, debían de ser bastante recientes, porque todavía no las había cubierto la nieve. Sentí un escalofrío al notar que algo se movía entre los arbustos. Descubrí atemorizada unos ojos amarillos y tremendamente crueles, que me contemplaban… Me quedé paralizada. Era una bestia oscura y enorme. Nunca había visto nada igual pero tenía que ser un lobo. Salió de su escondite y se dirigió a mí mirándome con desprecio. Me olisqueó y se alejó muy lentamente, moviendo su larga cola de un lado a otro. Con una lentitud que me pareció premeditada. Como si se hubiera parado el tiempo, escuché sus suaves pasos y el sonido de los cristales helados cayendo. En medio del silencio, estos simples ruidos me parecieron ensordecedores, insoportables. Me desmayé.
Cuando recobré las fuerzas, me incorporé y huí de aquel lugar. Corrí pisando torpemente la nieve, tropezando con las ramas rotas, cayendo a veces. Me corté las manos con las piedras, me reventé las rodillas con el hielo, pero no dolían en absoluto. Sin atreverme a mirar atrás, sentía el latido de mi corazón más rápido que mis piernas. La sangre en las sienes. El cuerpo mojado de frío sudor. Y un grito en la garganta que no quería salir.
Llegué a la fábrica, pero ese día no pude trabajar.
Esto fue el lunes. En toda la semana no he vuelto a pasar por el bosque, ni pienso hacerlo. Además, este jueves he cambiado mi turno. Ahora voy por las tardes. Es un horario peor, pero no tengo que salir de madrugada. Sustituyo a una chica que trabajaba con nosotras hasta el martes… Después de ese día no ha vuelto ni nadie sabe nada de ella. Una chica guapa, no demasiado inteligente. Dieciséis años, una edad perfecta para cometer tonterías. Dicen que se ha fugado con un vagabundo que había aparecido por el pueblo en estos últimos días. Un muchacho de inquietante mirada que estuvo merodeando por aquí y por allá y del que sólo se puede decir que ha desaparecido tan misteriosamente como vino. La recuerdo perfectamente porque siempre llevaba un abrigo rojo con capucha. La llamábamos “Caperucita”.
Espero que os guste.
1 comentario:
Me encanta tu versión de Caperucita, Toñi! Un beso y mucha paz
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