he abierto la puerta y tú me esperas
y sé que no volveré a salir
hasta mañana.
Dejo el abrigo en el armario,
me pongo las zapatillas ...
empiezo a sentirme de verdad en casa.
Poco a poco se acaba
el peso de la calle,
apenas un murmullo
que amortiguan las alfombras.
Tú me ayudas a desprenderme
de la ropa sucia,
del olor a frío,
de la vanidad.
Y te pregunto ¿me quieres?
y en tu silencio reconozco la respuesta:
no hace falta decir nada,
sigues aquí, conmigo.
Nada más necesitamos.
Me tocas la cara con tus bigotes.
Me llenas de pelo la ropa.
Me rompes el sofá con tus uñas.
Me lames con tu lengua de lija...
Acaricio tu piel de color vainilla
y olvido,
necesariamente,
tus pequeños pecados
y el enorme vacío del hueco de mi mano.
1 comentario:
Qué duro es leer hoy esta entrada y saber que a partir de esta tarde nunca más me esperarás en esta existencia.
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